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Pedro Menéndez de Avilés

Pedro Menéndez de Avilés

Por Elías Meana Díaz

Pedro Menéndez de Avilés, Adelantado de La Florida, estableció el 28 de agosto de 1565 el primer gran asentamiento europeo en los actuales EEUU: la ciudad de San Agustín, donde en los mástiles de su Ayuntamiento se izan las banderas, además de la norteamericana y la del Estado de La Florida, la de la Cruz de Borgoña (la oficial de la época de Pedro Menéndez) y la actual española.

Su último viaje al Nuevo Mundo vino a comenzar el 24 de febrero de 1969. Por aquel entonces, yo estaba enrolado en el Liana, barco del que guardo los mejores recuerdos de mi época de marino. No era un barco grande (90 metros de eslora, y desplazaba 3.500 toneladas), pero era moderno y confortable para la época, y, lo mejor de todo: era como un segundo hogar para sus veintisiete tripulantes.

Y en estas andábamos, cuando al regreso de uno de aquellos viajes (que partíamos desde Avilés hacia las acerías del norte de Europa, cargados con grandes piezas de acero en bruto para su laminación en frío, regresando con los que habíamos dejado en el viaje anterior, ahora convertidas en bobinas del mismo peso; carga que, dicho sea de paso, era de lo más puñetera, pues por muy bien trincadas que estuvieran, siempre se corría el riesgo de que alguna se soltase, algo que, aunque no frecuente, ocurría de cuando en cuando. ¿Se imaginan una de estas bobinas saltando en la bodega en medio de un temporal?). Nos comunicaron que el próximo sería a los Estados Unidos, cargados con espato flúor procedente de la mina que había en la cercana localidad de Villabona. El mineral tenía como destino el puerto de Nueva York, y la vuelta la haríamos con carga de maquinaria pesada, que nos esperaba desmontada en los de Filadelfia y Baltimore.

Estábamos atracados al muelle de su pueblo natal, y la tripulación del Liana, iba a tener el honor de transportar la estatua que, de este español insigne, había ofrecido su pueblo al de la ciudad de San Agustín con motivo del cuarto centenario de su establecimiento, celebración que, cuatro años atrás, habían compartido ambos municipios a una y otra orilla del Atlántico.

La estatua en cuestión, destinada a presidir el frontal del Ayuntamiento de la ciudad de San Agustín, era réplica exacta de la que se alzaba en el parque del Muelle de Avilés, y para poder plasmarla con toda exactitud, había sido necesario trasladar la original a la fundición madrileña en la que había sido modelada en 1917 (era de tamaño natural, y sin pedestal, pesaba más de 400 Kg.).

Al costado del barco, llegó en un camión cuando quedaba muy poco para dar por terminada la carga. Venía embalada dentro de una enorme y robusta caja de madera, y tal como vino, la depositamos tumbada en el centro de la segunda bodega sobre el espato flúor que ya casi la llenaba, cubriéndola después con el que restaba por cargar, con lo que quedó enterrada bajo algo más de un metro de mineral.

Al día siguiente, 24 de Febrero, partimos rumbo a Nueva York; estando a unas 800 millas del destino, recibimos por radio el aviso urgente de que el ciclón extra tropical que días atrás se había formado al norte del golfo de Méjico, se estaba desplazando hacia los costa este de los EEUU, con vientos sostenidos de 80 nudos (157 Km/h), previéndose que, de seguir la trayectoria, podría llegar hasta la frontera canadiense.

–Si es que llega a alcanzar estas latitudes, estaremos en puerto cuando llegue– comentó el capitán, cuando estimó rumbos, distancias y velocidades, tras leer el “Aviso a los navegantes” que, ante el extremo peligro que suponía para la navegación en general, no dejaban de repetir una y otra vez las estaciones de radio del servicio marítimo americano.

Pero venían mal dadas, y en la madrugada, uno de los dieciséis tirantes que sujetaban la bancada del motor principal, se rompió, y hubo que parar la máquina ante el riesgo de que el resto corriera la misma suerte, lo que hubiera significado quedarnos definitivamente a la deriva. Doce horas más tarde, tras haberse partido el alma los compañeros de máquinas, volvimos a dar avante, aunque con la velocidad limitada a tan sólo seis nudos (casi trece, era la de crucero). Para entonces, los avisos anunciaban que el ciclón, que en realidad era una ciclogénesis explosiva, ya había barrido la costa de Carolina del Norte con vientos de hasta 90 nudos. A bordo, el barómetro, que llevaba horas descendiendo sin cesar, marcaba 970 mbar. No teníamos anemómetro, pero calculábamos que el viento superaba los 60 nudos, al tanto que las olas cada vez eran más gruesas y empenachadas; teníamos la tormenta prácticamente encima, y anochecía. Por radio, comunicamos al “Coast Guard” (Salvamento Marítimo) nuestra posición y el problema que teníamos en la máquina, y nos dispusimos a plantar cara a la profunda depresión, que no tardó en llegar precedida de una impresionante nevada. El barómetro cayó hasta los 950 mbar, y el viento debió superar los 90 nudos. ¡La de bofetadas y revolcones que nos dio! A Nueva York, donde, por lo que nos contaron, también había soplado y nevado con ganas, llegamos el 11 de Marzo, con cinco días de retraso y con ligeras averías en la cubierta y en la superestructura, aunque felices y todos sanos, salvo el jefe de máquinas, al que la tensión debía haberle emponzoñado la sangre, pues en la nalga derecha, le había salido un furúnculo del tamaño de una nuez grande.

Pero nuestra alegría no duró mucho. Cuando quedamos atracados a uno de los muelles cercanos al puente de Brooklyn, aún no había amanecido, el puerto todavía dormía, nos extrañó que el consignatario aguardara al pie del muelle, para dirigirse al capitán, tras las salutaciones de rigor:

–La descarga no comenzará hasta mañana, pero, como de aquí a un par de horas, la comisión del ayuntamiento de San Agustín que desde hace días espera en un hotel, vendrá para hacerse cargo de la estatua, voy a enviar un par de hombres y una grúa para ir adelantando.

Al Capitán, la noticia le dejó descuadrado y tardó unos instantes en contestar.

–No tenía conocimiento de que hubiera ningún acto oficial, pero de cualquier manera, no se preocupe, solo hay que abrir la bodega e izar la caja en la que viene embalada, y eso puede hacerlo la tripulación con los medios de a bordo. No es necesario que envíe esos hombres. Gracias de todas formas.

En Avilés, le habían comunicado que la estatua la recogería un transportista, y lo planificado era sacarla de la bodega durante la descarga, sin más testigos que los estibadores, que, para nada tenían que saber el contenido de la caja. Pero conseguimos salir del trance: a relevos, en los que toda la tripulación, y digo toda, participó voluntaria, la desenterramos a golpe de pala en menos de una hora. Luego, ya más tranquilos, la depositamos sobre la tapa de la primera bodega con el puntal, la limpiamos a conciencia, y finalmente, fajamos la caja con una bandera a modo de banda.

¡Ahora, Pedro Menéndez de Avilés ya podía recibir a la comitiva con dignidad!

*Elías Meana es oficial de la marina mercante, y escritor

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