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Mar y Carmen

Mar y Carmen

Por Lozano de Fortuna

Mi puerto de armamento sería esa ciudad del Sureste español a orillas del Mediterráneo, ya por entonces salada de mar y morena de soles. Sin dilación compré un billete para el primer coche de línea que salía. Mala suerte. Me tocó el coche escoba, el que para en todos los pueblos, por pequeños que sean. Tres horas tardó en recorrer los cincuenta kilómetros del trayecto, con una carretera bacheada, donde se ponían a prueba las ballestas de los coches y la resistencia física del viajero. En los arrabales de la ciudad pude ver, al pasar, las famosas salinas por desecación. Los pequeños bancales de agua, de escasa profundidad, esperaban pacientes su evaporación, que dejaba en el fondo una costra blanca salina, que a pala se cargaba en carros que las mulas llevaban hasta las vagonetas metálicas que, una vez trasvasada la carga, eran empujadas por una locomotora que las llevaba hasta el puerto, en donde formando montículos blancos se completaba el secado. Iba desvencijado por los badenes que me habían puesto el estómago en vacío, con la misma sensación que produce la “Montaña rusa” de las ferias. Cuando el coche llegó a su destino, fui el primero en bajar.

Me gustó la ciudad. La dársena del puerto era grande, con calado suficiente para los buques bulk carrier que, una vez atracados, llenaban sus bodegas de sal a granel con destino a puertos lejanos envueltos por la bruma. Su flota pesquera era numerosa, tanto en unidades como en capturas. La artesanía, barcos de sal, era una continua fuente de ingresos. Sus playas anchas y largas, de arena dorada, estaban vírgenes, a excepción de la más cercana, la del “Cura” que cobijaba el incipiente turismo de casa en planta baja, y en cuya entrada se alzaba “El tintero”, un quiosco-bar donde se podían beber los mejores “canarios” del litoral.

Los pescadores cosían sus redes en tierra firme. De ello dependía el grueso de capturas. Las redes se rompían al abrazar algún escollo o fondo rocoso, o por los delfines, a los que se les disparaba con rifles, ya que eran el enemigo a batir, causantes de un doble mal: hacían grandes troneras en las redes para comerse el banco de peces capturado, y los que no se comían se escapaban por los imprevistos orificios en las rejas de hilo que los aprisionaban.

Pregunté a uno de ellos si podía embarcar.

—Son cosas del patrón—me dijo—, pero sé que andan buscando un grumete ya que cobra menos, aunque haga el trabajo de un hombre. Ahí enfrente tienes la oficina.

Le di las gracias y crucé la calle. La puerta de la oficina se abrió apenas giré el pomo. Entré y saludé al hombre que sentado ante una mesa y cubierto por un tabardo repasaba unas facturas. Correspondió al saludo levantando la cabeza, y dejando ver un rostro surcado por secuelas de la vida en el mar. Le dije mis intenciones:

—Quiero saber si tengo vocación para llegar a ser capitán de la mercante. Por eso quiero probar el duro trabajo de pescador.

—¿Tienes libreta? — me dijo.

—No señor— fue mi respuesta.

Aquel hombre mayor me inspiró respeto. Después supe que era el armador, y miembro de una saga de hombres de mar que se perdía en el tiempo, y que se perpetuaba por él y los suyos.

—Mañana, a las nueve del reloj de la iglesia, vienes aquí, que mi hijo te llevará a Capitanía para hacerte la libreta de navegación y enrolarte en su barco. Cobrarás tres cuartas partes de una parte. Si no tienes donde quedarte, a la vuelta, haciendo pico esquina, hay una pensión. A la dueña le dices que te mando yo.

—¿Y qué nombre le digo?

—Di que te manda El Tabardo.

Le di las gracias y me despedí con un hasta mañana. Doblé la esquina, entré en la pensión y hablé con la dueña. Cobraría por semanas vencidas la comida y la habitación que me enseñó: una cama, un armario pequeño, una mesa de camilla y una silla de anea. Todo muy limpio. Me pareció una habitación suficiente. Los aseos eran comunes. Como la cena no entraba en lo contratado, ya que las noches las pasaría pescando, en una tasca cercana me comí un bocadillo, y al poco estaba durmiendo. Había sido un día largo.

A la mañana siguiente me presenté en la oficina campaneando la hora convenida. Ya estaba allí el hijo del armador, un hombre alto, robusto, moreno, de unos treinta años que nada más verme me estrechó la mano, a la vez que me decía:

—Me llamo Carlos y soy el Patrón del “Maricarmen”, el barco donde te vas a enrolar. Así que vamos a Comandancia que hay que firmar papeles.

A media mañana ya estaba enrolado en su barco, y en mi poder la libreta marítima, imprescindible para embarcarte, y por la que me obligaba a cumplir el servicio militar obligatorio en Marina.

—Salimos a la puesta de sol —me dijo el Patrón al despedirse.

Como tenía tiempo hasta la hora de comer recorrí el centro señorial de esta ciudad, envuelta en el aire cosmopolita que tienen todos los puertos de mar, que recibía en verano a las familias con casa propia, y durante todo el año a extranjeros que habían fijado en ella su residencia. Pude ver su casino, comercios con escaparates decorados, calles asfaltadas, aceras enlosadas, plazas públicas con bancos bajo la fresca sombra de los árboles, la iglesia neoclásica de la Inmaculada Concepción, con su capilla de la Virgen del Carmen, y su gran plaza frontal; y el club náutico, que compartía dársena con pesqueros y mercantes. A la hora de comer fui a la pensión. En el comedor, en mesas separadas, pude contar a seis hombres y una mujer con una niña pequeña a su lado. No me gustó el aire de soledad que allí se respiraba. Cada uno absorto en sus pensamientos, mientras la chica que servía, atenta, acudía al leve gesto de algún comensal. La dueña me fue diciendo la gracia de cada uno:

—Ese es Antonio, representante de salazones, el otro Miguel, viajante…

Como vio que miraba a la mujer, me dijo:

—Esas son Lola y su hija. El marido viene una vez a la semana, come con ellas, paga el precio de una semana por adelantado, y se marcha. Parece que está montando un restaurante en Alicante, y buscando una casa donde vivir la familia. Pero ven, y come con ellas hoy.

Tiró de mi mano sin esperar respuesta, y nos plantamos ante la mesa:

—Mira Lola, este chico es Matías, que se queda con nosotros un tiempo. Ya está enrolado en el Maricarmen. Como no conoce a nadie de aquí, que coma en vuestra mesa, y así tiene con quien hablar.

La mujer dijo:

—Muy bien— a la vez que giraba la cabeza.

Creí que me moría. La mujer más hermosa de la tierra, una animada Venus, me miraba cariñosa, a la vez que me decía:

—Siéntate.

Así lo hice de inmediato, tan de prisa que volqué sobre la mesa una copa de agua. Ella secó el agua con una servilleta, e inició una conversación sin aludir al incidente y como si no viera mi nerviosismo. Era una mujer bien vestida, de rotundas caderas y pechos presurosos, de mediana estatura, de veintitrés años realzados por la maternidad temprana, bella y sola, que sabía de su influjo sobre cualquier hombre, y más sobre un chico de pueblo, de diecisiete, y solo.

—Esta es mi hija Lolita—me dijo a modo de presentación.

—Hola Lolita—le dije a la niña.

—Tiene seis años—continuó Lola. ¿A que es muy guapa?

—Como la madre—, dije, casi en un murmullo.

—Gracias, hombre—me dijo ella.

La niña me miraba y se reía. Yo la amenacé, jugando, y así se fundió mi miedo inicial. Había crecido mi autoestima porque era la primera vez que una mujer me llamaba hombre.

—¿Quieres ser pescador?—me preguntó Lola.

—No, le respondí. Seré capitán de la marina mercante, aunque antes quiero probar esa forma de vida.

Sonrió con un deje de melancolía, como si mis palabras revivieran ilusiones y anhelos juveniles, para ella olvidados. Se animó la conversación, con bromas a la niña, a la que veía con carencia de juegos. Lola me miraba agradecida y fingía no darse cuenta de mis miradas de devoción. Yo, desde la bandeja, servía los platos de la niña y de la madre que, con un mohín travieso en los labios, asía con sus manos las mías, para decirme no quiero más. Conté lo poco que había en mi vida, algunas perrerías de mi infancia que provocaron las risas de la niña, risas que iluminaban los ojos de la madre.

Así terminamos la primera de las muchas comidas que después compartimos. Las invité a tomar un helado. La niña dijo un ¡sí! como sólo se dice en la infancia.

—Id vosotros—dijo Lola.

Yo la miré, muerto de amor:

—Ven tú también, mujer—me atreví a decir.

Lola accedió. Días después me dijo que no pudo resistirse a lo que había leído en mis ojos. Terminamos los helados y dimos un paseo por el puerto para ver donde estaba atracado mi barco. Vimos su nombre a lo lejos, en la amura. No era, como creí, el popular Maricarmen, sino Mar y Carmen. Dimos media vuelta y volvimos a la pensión. Nuestras habitaciones eran contiguas, la de ellas antes que la mía. Así que le di un beso a la niña, una mirada a Lola, y me despedí con un hasta mañana.

Acudí a mi primer encuentro de mar a la hora convenida. Los de pueblo practicamos una exacta puntualidad solar. Carlos, el patrón, me fue presentando a los cinco marineros que componían la tripulación de cubierta, al chimchorrero, que era el encargado de las baterías y luces del bote, y al engrasador, que tenía a su cuidado la puesta a punto del motor. El barco era del tipo llaud mallorquín, fuerte y marinero, con tan sólo siete años de mar. El Patrón gritó:

—Nos vamos.

Con el motor arrancado se largaron amarras, y con un avante poca gobernó hasta la verde y la roja. Allí dio avante toda. ¡Por fin estoy en la mar!, pensé al trasponer la bocana. ¡Adiós juventud!, dije arropando las palabras con el gesto de tirar algo por la popa. La mar quieta, y la noche oscura, presagiaban una buena pesca. Carlos hacía también de patrón de pesca, por lo que las dos partes que hubiera recibido el patrón de pesca, de llevarlo, se repartían, una para él y otra para la tripulación. Llegado aquí es forzoso explicar la pesca a la parte. El producto de la venta del pescado en la lonja se reparte así: 50% para el armador y 50%, descontando el combustible, para los tripulantes, que según rango tenían dos partes, el Patrón del barco y el Patrón de pesca, parte y media, el contramaestre, el chinchorrero y el engrasador y una parte cada marinero. Al grumete se le daba tres cuartos de parte.

Los marineros se reunieron en popa para cenar lo que cada uno llevaba. El del chinchorro, al que llamaban El negro por la piel tan curtida que tenía, como vio que no llevaba nada compartió su cena conmigo. Por mucho que me negué no lo aceptó.

—Toma, que tengo mucho. Hoy por ti y mañana por mí—dijo, tendiéndome un pedazo de pan y un buen trozo de chorizo.

Otro marinero El lorito, un viejo marinero mercante con tatuajes en los antebrazos, me dio a beber del su bota de vino. Después me tendió la petaca, el papel de liar, y el chisquero.

—Tú pon los pulmones, porque pongas algo—me dijo riendo.

Era una frase común, con aires de broma. Nos echamos sobre la toldilla de popa para dormir algo hasta que avisaran para calar las redes. Antes de dos horas ya las estábamos largando por la popa. El cerco se completó y se arrió el chinchorro con todas sus luces encendidas, y con “El negro” dentro. Al cabo de un rato oímos al chinchorrero:

—Hay sardinas.

Y como un solo hombre empezamos a halar las redes que en manojos caían ordenadas sobre cubierta. La bolsa que formaba la red en el agua tenía aprisionado al banco de sardinas que habían subido a la superficie deslumbradas por las luces. Los baldes llenos de sardinas se izaban a bordo por sus rabizas. El pescado se vaciaba en cajas de madera que se cubrían con escarcha de hielo y sal gorda. Terminada la pesca, recogimos las redes que quedaban, se izó el chinchorro, que quedó bien trincado en su pescante, y el Patrón puso rumbo a la lonja, para ser los primeros en llegar, y que la subasta nos fuera bien. Después de trabajar toda la noche, nadie sabe lo que ha ganado hasta que se ve el precio de la subasta. Duro oficio éste.

Una noche le pregunté a Carlos por el nombre del barco.

—¿Lo ves extraño?

Al asentir con un gesto, me dijo.

—Como tenemos tiempo, pues vamos mar adentro porque no encuentro pescado por la costa, te lo contaré. Cuando el barco de siempre se fue al desguace, y compramos éste, mi padre quiso ponerle el nombre de sus padres, Marino y Carmen, que ya habían fallecido, y en recuerdo del hecho prodigioso que les unió para siempre. Cuando nació mi abuelo, su padre, el primer Tabardo, que le pusieron ese nombre por no tener ni tabardo que ponerse, quiso que se llamara Marino. Al bautizarlo, el cura le tuvo que añadir el de un santo, por lo que se cristianó como Marino José, aunque todo el mundo le llamó Mar. Se hizo a la mar muy pronto. Tuvo, desde el principio, un sexto sentido para saber dónde estaban cada noche los grandes bancos de sardina y de boquerón, así como el paso del banco de atunes hacia aguas abiertas. “–La mar cambia de color por el brillo de las escamas sumergidas, solía decir”. Los demás barcos le seguían, y calaban las redes junto a las suyas. A él no le importaba. “—La mar es grande, y hay peces para todos”. Era un hombre alegre, cariñoso, vitalista, que contagiaba a los demás. Era muy querido. Rondó a Carmen, que pertenecía a la clase selecta de la ciudad, desde que ella tenía dieciséis años y estudiaba Magisterio. Su familia tenía varias tiendas, en especial de muebles. Ella era guapa, alta, rubia y distinguida. Él tenía veinte años y era alto, fuerte, simpático, y desvergonzado en el trato con las chicas. Cuando ella terminó magisterio, con dieciocho años, se hicieron novios. Estaban muy enamorados.

A pesar del inicial rechazo familiar, se impuso la firmeza de los jóvenes. Carmen se había contagiado de la vitalidad de su novio. “—Con él me siento viva—fue la respuesta a sus padres. —Y a su lado río por todo—concluyó”. Pero lo que venció la oposición del padre de ella fue la contundencia de mi abuelo cuando fue a pedirle permiso para hablar con la hija. “—Mi familia no tenía ni un tabardo cuando llegó a esta ciudad. Vd. ha educado a su hija como una princesa. Pero le juro a Vd. que a mi lado estará como una reina”.

Así que se fijó la boda para el 16 de Julio, la fiesta del mar, en la iglesia de La Inmaculada, ante el altar de la Virgen del Carmen. “—Celebraremos fiesta por partida triple, solía decir mi abuelo: la de la Patrona, tu santo y nuestro aniversario”. Durante el día los jóvenes iban juntos a todas partes. Tenían mucho que preparar. Ella no permitió que él viera el vestido de novia que le estaban haciendo. “– Ni por asomo, solía decirle”. Eran jóvenes y se amaban. Se casaban pronto. Las pesqueras eran buenas. Todo estaba a favor.

Una noche oscura, de luna nueva, mi abuelo escuchó un fragor de escamas. “–Aquí está el mayor banco de sardinas que jamás hayáis visto—dijo a la tripulación”. Calaron las redes, arriaron el chinchorro con sus luces, y al rato el mar bullía en torno al bote. —Recoger redes con cuidado, que la bolsa está llena—gritó el chinchorrero. Mi abuelo con el aldis transmitió a los barcos más cercanos que había encontrado un inmenso banco de sardinas. Éstos avisaron a los de allá, y al poco tiempo toda la flota estaba recogiendo las redes caladas repletas de sardinas. Trabajaron toda la noche. Baldes y rabizas no pararon de trasegar pescado desde las redes a bordo, donde se iban llenando cajas, con su capa de hielo y sal. Con la alborada pusieron rumbo a puerto. El barco de mi abuelo, El corazón de María, fue el que más trabajo tuvo. Hacía tiempo que el sol iluminaba el nuevo día. Las bodegas estaban repletas y todas las cajas disponibles llenas, apiladas y trincadas en cubierta. La cubertada siempre es peligrosa, pero la mar estaba plana. Volvían tremendamente cansados, pero alegres. Tendrían un buen reparto. Al poco sobrevino un viento lebeche que pilló al barco de través. La siguiente racha produjo tan fuerte bandazo que rompió las amarras del chinchorro. Mi abuelo vio como caía sobre tres marineros. Gritando ¡cuidado! se abalanzo sobre ellos y los apartó, mientras el bote se estrellaba contra la cubierta. Otra racha de viento les hizo embarcar agua. Cuando la ola pasó se había llevado a cuatro hombres. Entre ellos a mi abuelo. En esas condiciones de mar y viento el gobierno es difícil. Se lanzaron los aros de socorro que los náufragos agarraron. Al poco tiempo el viento cesó y pudieron rescatar a los hombres. Se empezaron los círculos concéntricos que rigen al grito de ¡hombre al agua! Horas de búsqueda infructuosa. Empezó a cundir el desaliento. Y con él llegaron las maldiciones. Son las cosas de la mar. Decidieron ir a puerto, descargar la pesquera, y volver para seguir el rastreo. Al llegar a la lonja la noticia corrió como la pólvora. ¡Mar se ha perdido en el mar! Carmen corrió como una loca. Subió a bordo del barco que volvía al lugar del naufragio. Y con él toda la flota. La palabra solidaridad adquiere su sentido en los hombres de mar ante una desgracia. Se rastreó el lugar, se calaron redes, se sumergieron buzos, pero ni rastro de mi abuelo. Cuando se avistó el lucero vespertino arrumbaron a puerto, para seguir con el rastreo al día siguiente. Carmen, como una Dolorosa, era la viva estampa del sufrimiento. Sus padres la recogieron en el puerto para llevarla a casa. Ella quiso ir primero a la parroquia de la Inmaculada. A los pies de la Virgen del Carmen, de rodillas, empezó su petición:—Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestro socorro, y reclamado vuestra asistencia haya sido abandonado de vos. Animada por esta confianza a Vos también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes…. Un sollozo troncho el cuerpo de Carmen que quedó con el rostro en tierra. No había dolor más grande que su dolor. Era la imagen de la oración del creado ante las cosas que no entiende de su Creador. El padre la recogió del suelo, y la levantó. Las miradas de las dos vírgenes se cruzaron. Y la virgen terrenal entendió. Se recompuso, y al llegar a casa les dijo a sus padres:

—La boda sigue adelante. Mar vendrá al altar.

—Sí, lo que quieras, hijita. Se hará lo que tú quieras que se haga—respondieron al unísono sus padres.

Al día siguiente, de amanecida, Carmen bajó al puerto, y fue al barco de Mar. A la tripulación le dijo:

—¡No salid a buscarlo! ¡Corred la voz! Mar vendrá a nuestra boda.

No dio más detalles. Y así la vida continuó con aparente normalidad. La flota salía a pescar, pero las capturas no eran buenas. Carmen seguía con los preparativos de su boda. Los padres preguntaron al juez, al cura, al médico… Todos coincidieron que ante la obsesión de Carmen se debería continuar con los preparativos, y que una negativa a seguir con los planes de boda podría provocarle un trastorno quizás irreversible. El cura se atrevió a decir:

—Se han visto milagros mayores, como… —.La mirada de los otros le hizo desistir de seguir con ese razonamiento.

Tres días después del naufragio se celebraba la boda. El pueblo entero se lanzó a la calle para ver pasar a la novia, cogida al brazo de su padre.

—Qué guapa está, si parece una Virgen—, decían a su paso.

El rostro de Carmen irradiaba una felicidad contagiosa. La iglesia estaba bellamente adornada y llena de invitados con galas de fiesta. Carmen y su padre se dirigieron por la alfombra roja hasta el altar. Allí estaba la madre de Mar, la madrina, soportando el dolor por la pérdida de un hijo y por la locura palmaria de la que hubiera sido su nuera. El sacristán de la iglesia, y director de una coral centenaria, hizo vibrar el primer acorde, en el armonio eclesial, del Ave María de Schubert. Entonces surgió el prodigio. El armonio se silenció ante el sonido de un órgano que produjo, a través de sus tubos de metal, un acorde prolongado y ascendente, que seguido por otro y por otro, se convirtieron en el marco de las voces de una coral polifónica de celestial armonía, al tiempo que la luz meridiana de un día estival y claro, les envolvía a todos.

Se diría que los cielos se abrieron y mostraron su belleza a los presentes, que estaban sobrecogidos. Carmen se volvió hacia la entrada con el rostro bañado de alegría. Y allí estaba Mar. Desnudo, descalzo, cubierto por un tabardo. Avanzó hacia el altar. Ocupó su sitio, y le susurró al oído:

—Me ha traído la Patrona.

Carmen lo envolvió en su tierna mirada de amor, y le dijo:

—Lo sabía. Ella me lo dijo.

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