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Mami Wata

Mami Wata

Por Lozano de Fortuna

Un temporal fuerza 9 de la Escala de Beaufort nos obligó a recalar en Lagos, cuando en sus aguas faenábamos al arrastre. Estábamos hacíamos pesqueras excelentes de ese gigantesco langostino —seis u ocho piezas descabezadas entraban en un kilo— por el que pagaba un alto precio el mercado estadounidense. Los pequeños los devolvíamos al mar, con un mensaje: creced, que vendremos por vosotros. No era un adiós, sino un hasta luego.

El puerto abarrotado nos obligó a abarloarnos a un pesquero, que a su ver se abarloaba a otro, y éste a otro atracado en el muelle. Con todo arranchado, trincado, cerrados a cal y canto los portillos así como las puertas de acceso al puente y al sollado, se habilitaron las guardias por turnos de a dos, provistos de fusiles arponeros.

Atravesando cubiertas de barcos malolientes, bajamos a tierra, a perdernos entre una marea negra, para la que el blanco era un descolorido. La multitud y la humedad hacían que el calor a más de sofocante fuera irrespirable, a lo que contribuía el denso y fétido olor. Me perdí, tomado en el sentido de no saber dónde están los tuyos, por lo que me fui hasta la cercana playa, habitada por la mayor densidad de población jamás pensada, larga como un día sin pan y ancha como la mar. Cansado de pisar su ardiente arena blanca entré en un barracón de adobe con chapas oxidadas, donde podías beber cualquier marca que pidieras, todas falseadas, por supuesto. A la puesta del sol, la policía local acudía a estos antros en busca de tabaco y de propinas de color extranjero. Aquello se llenaba de mujeres llegadas de sus tribus en busca de regalos a cambio de entregar la mercancía de su cuerpo, que en nada estimaban. Pero esos regalos que alcanzaban, zapatos, bolsos, relojes, abalorios, etc. eran todos exhibidos ante los suyos para ascender en la escala social: tanto tienes, tanto vales.

Allí conocí a Pepe, capitán de capitanes, un fornido cartagenero español con el que trabé una relación basada en la empatía, sentado en el porche, frente al mar. El sudor, el ron y las kanury, unas negras vestales de bellísimos rasgos provenientes del norte, nos unieron esa noche hasta la amanecida. Y eso en África une más que en España cien comidas de trabajo. De vuelta a cada barco me propuso enrolarme en el suyo, como marinero de primera. La oferta tentadora, subir de escalafón en una noche y dejar reposar la herida del dolor por la amada perdida, me hizo decidirme. Esa misma mañana, me despedí de todos los míos, el patrón me liquidó, con generosidad, la parte aproximada que me correspondía. Poco después me dio me dio de baja de su rol, a la vez que quedaba enrolado en el nuevo barco. Todavía conservo en los oídos el adiós de toda la tripulación. Ellos eran de la ciudad a orillas del Mediterráneo, blanca de sal y morena de soles, en la que dejaba la mitad de mi alma. En esas fechas era un hombre escindido que esperaba recobrar la identidad completa, si algún día la herida cicatrizara. Quién lo probó lo sabe, como dijo el clásico.

Pasamos varias noches de sudor, ron y mujeres de tribus variadas, que sus rasgos proclamaban, y de todas las edades. Venían al reclamo del regalo personal. Mi gran capitán los adquiría en la zona céntrica, en Tynubu street y en sus mil callejuelas en derredor, cada una especializada en un producto: telas, zapatos de números de negra, sus grandes pies no bajan del 42, vaqueros, camisas, las imitaciones de Dior, Channel, Valentino, Rolex, Cartier…, y los repartía con generosidad entre las que se postulaban con mimos, caricias y desnudos, a ser las compañeras de esa noche. Las elegidas tendrían un regalo de rango europeo. Un gran trofeo a cambio de tan poca cosa. El gran capitán —no se molestó cuando así lo llamé por ver primera—las elegía tras hurgarles el sexo.

—Esta vale si te gusta—me dijo convencido

—Me gusta aquella— dije al tiempo de señalaba a una joven apartada del grupo.

—No la conozco. Será primeriza. Hay que reconocerla. ¿O la reconoces tú?

—¿Qué tengo que reconocer?

—Matías—dijo—tienes que ver si están sin mutilar o cual es el grado de mutilación genital que le han practicado. Los blancos, que gozamos con el placer de la mujer tanto o más que con el nuestro, necesitamos que no estén mutiladas, o que lo estén en su grado más benigno.

—Sigo sin comprender lo que quieres que vea.

—El hombre es circuncidado. Y la mujer, en multitud de países, no sólo en África, sufre la mutilación de sus genitales. Esto es ancestral. Va implícito en la cultura de los pueblos que la practican y en las comunidades de las tribus. El negro quiere evitar la promiscuidad y garantizar la fidelidad de su mujer, por lo que le arrebata el placer que ella puede sentir. A veces, pocas, es una ceremonia simulada. La que lleva el ritual, la curandera local, provista de un cuchillo amenaza a la niña, pinchándole el clítoris, pero sin cortar. La niña queda avisada que la muerte es el fin de las promiscuas. Pero a todas, en general, se les extirpa el prepucio del clítoris. Este es el caso más benigno de mutilación, pues les permite sentir placer, físico o psicológico, eso dicen, o simulan, ellas; le sigue en crueldad el que les extirpa, total o parcialmente, los labios menores, además del clítoris; y el siguiente, el más cruel, es la infibulación, ya que además de lo anterior cosen los labios exteriores, dejando tan sólo una brecha para la micción y el flujo menstrual. Esa pequeña abertura dificulta la relación sexual, que les resulta dolorosa en grado sumo, teniendo en la mayoría de las ocasiones el varón que escindir la abertura, para poder llevar a cabo la penetración. En el momento del parto a todas las del segundo o tercer grado se les tienen que practicar una incisión, para posibilitar la salida del niño.

—¿A qué edad se les hace esta aberración?—pregunté dolorido.

—Cuando las niñas tienen entre cuatro y siete años.

—¿Quién la realiza? ¿Dónde? ¿Cómo?—Mi voz delataba una angustia, muy cercana al vómito.

—Una mujer en cada tribu, la curandera, es la encargada de hacerlo. Los lugares son múltiples. En casa de los padres, en medio del campo bajo algún árbol o junto al río. Puede ser por grupos. ¿Cómo? me preguntas. Horrible. Con algún cristal, una tapadera metálica oxidaba, un cuchillo, una navaja, cualquier objeto que corte. Las hijas de los ricos también la sufren, pero las llevan a un hospital, y las realiza personal cualificado.

—Pero las que no son hijas de algún rico, pueden morir por infección, o desangradas.

—Si lugar a dudas. Cuando eso ocurre la culpa es de la niña por haber sido promiscua, o por causa de los padres que no han ofrecido los sacrificios prescritos.

—¿Y qué dicen las madres?

—Ellas son las que las llevan. Es necesario asumir esa práctica, que ellas también sufrieron, para poder ser aceptada en la sociedad al haber respetado las tradiciones culturales, lo que lleva implícito el poder ser tomada por un varón como esposa, que la llevará con él a cambio de entregar a la familia alguna propiedad, en una total economía de trueque: cestos de pescado, cabras, ovejas, un camello….

—¿Y si alguna no se somete a la ablación?

—Imposible. Son muy niñas cuando se la practican. La que no se somete a la ablación es expulsada de la tribu, ningún varón negro la tomará como mujer, y sólo le queda la calle de alguna ciudad para vivir, despreciada por todos los suyos.

—¿Y los hombres no intervienen?

—Lo hacen al tomarlas como esposas. No están presentes en la ceremonia. Se comportan como si no lo supieran. Pero les gustan mutiladas, porque las hace ser más dóciles, menos violentas.

—Pero eso, en nuestra cultura, es tratarlas como animales. Sesgar el placer sexual de la mujer es de un machismo increíble. Pasada la mitad del siglo XX, no estamos en la Edad Media, esto no se debería permitir.

—Quizás ellos estén cerca. Debemos hacer lo posible por cambiarlas. Les hago ver que a mí me interesan las que no están mutiladas.

—¿Cómo sabes tanto de sus costumbres?—pregunté cada vez más asombrado.

—Llevo años en estas latitudes. Los negros hablan mucho y están muy orgullosos de sus tradiciones, por las que matarán, si llega el caso.

—Agradezco tan clara explicación, gran capitán. Ahora comprueba si esa tímida mujer que te indiqué reúne los requisitos para ser compañera de esta noche. Quiero hacerle un buen regalo

—Yo ya tengo la mía. Veré si es buena para ti la que te gusta.

Tan pronto nos hicimos a la mar subimos por el Níger. El radio del barco era blanco y el resto tripulación local. Los barcos, cada año, tenían que hacer el bounckering en Warri, a unas doscientas millas río arriba, en donde el río alcanzaba un kilómetro de ancho, perdido entre manglares, y los veinte metros de profundidad. Se fondeaban a la espera de las barcazas que traían las provisiones, mientras se expedía el certificado anual de apto para la pesca. En esos calmos días la tripulación descansaba, y el gran capitán juraba en arameo ante la pasividad del funcionario, que lentamente rebajaba el desorbitado precio inicial de cada certificado. Esto era siempre igual. La paciencia ancestral de algunas culturas siempre vence en el comercio al trabajo eficiente basado en el concepto que el tiempo es un bien escaso que conviene saber administrar, y dedicar, por tanto, el tiempo que requiera cada asunto con mente de eficacia y eficiencia. Sin prisa, pero sin pausa, vendría a ser lo óptimo.

Fui testigo de excepción del largo y tedioso chalaneo y de todo lo que aconteció aquella noche y de las consecuencias que esas decisiones produjeron. Con las mentes y los cuerpos ya cansados de la agobiante lentitud de renovación de la licencia del barco, nos llevaron a uno de esos lugares, conocidos por todos y negados por las autoridades, donde coexiste el buen ron de contrabando con olor a mar salada y el agrio olor de los sudores que la humedad del aire propiciaba. En la puerta del local una jovencita era abandonada por miembros de su tribu, que dieron media vuelta y se marcharon sin volver la vista atrás.

El negro funcionario dijo:

—Una mujer repudiaba por los suyos.

—¿Por qué?—pregunté con asombro.

Estábamos a su altura. Se dirigió a la joven, y pronto dijo:

—Nunca quiso someterse a la ablación.

—¡Que valiente! La compro—gritó el gran capitán— ¡Llama a los que la han traído!

El trueque se cerró de inmediato. Se tasó en tres grandes cestos de pescado.

Él, según me confesó, quedó prendido en el voluptuoso cuerpo de mujer y en su mirada juvenil sin rastro de miedo que pedía a las claras una ayuda.

—Me llamo K’Nomo, soy de la raza ibo—dijo en un castellano titubeante—.Desde niña frecuenté una misión española, donde aprendí a leer, junto a las selváticas nociones de la fe que profesaban aquellos blancos. Me negué a someterme al ritual ancestral de la ablación, aunque eso suponía quedar deshonrada ante la tribu, y que ningún hombre negro me tomaría por esposa. Era una afrenta a mis parientes, y mi vida sería ya la calle o algún lugar de estos, donde sería pasto de los hombres a cambio de regalos.

Tras este largo parlamento, que más bien menos que mal pudimos entender, dicho en una jerga a penas descifrable, que siempre recurría a palabras de su idioma cuando no recordaba o no sabía la palabra castellana, dijo el capitán de capitanes:

—Qué joven valentía. Me ha subyugado su coraje ante la vida.

—Y su espléndido cuerpo y su rostro de rasgos delicados. ¿No, gran capitán?

La barcaza de aprovisionamiento se abarloó a nuestro barco. Por la escala de gato subimos a cubierta. La ibo trepó mejor que yo. Directo la llevó a su camarote, y el volvió a cubierta para dar sobre la marcha una explicación general.

—Voy a romper una costumbre marinera, nunca escrita. Ya sé que la mujer trae mala suerte a los barcos y que la aguja de marear se vuelve loca—el imán pierde el norte—si una sube al puente estando con la “cosa”.

Toda la tripulación se iba acercando.

—Eso será en la mar, pero no en puerto—dijo el radio.

—Por eso os he reunido. Ella viene conmigo. Mañana la enrolo como limpiadora de mi camarote, por ahora.

—Y si sabe todo eso ¿por qué la enrola?—dijo el contramaestre.

—Porque mañana me voy a casar con ella—soltó sin pensar lo que decía—.Alguna vez será normal que la mujer acompañe al marido navegante. Después vendrán a trabajar a bordo, a las que seguirán otras con galones. Las veréis mandando barco. Cuando llegue ese día, acordaos de esta noche.

Dio por terminada la reunió después de decir al contramaestre:

—Prepara lo necesario para la boda que mañana se celebrará en este barco. Trae vestidos y abalorios. Que la novia no eche en falta nada. Ah, que Matías te ayude.

Al día siguiente la enroló de camarera, y se casó con ella por el rito ibo. Ella quiso que viniera el hechicero de su tribu, algunos miembros de la misma y su clan familiar, para mostrar el alto nivel social alcanzado sin haberse sometido a la ablación. Mi gran capitán así lo hizo. A la vez que contentaba a la novia imprevista, mostraba con otro gesto su total desacuerdo con la ablación de las mujeres. Tras el rito nupcial vino la gran fiesta. Se comió, bebió y danzó como jamás lo pude imaginar. Aquello era frenético, y por ende infatigable. Alguno entró en trance.

El gran capitán estaba cerca, yo diría, que del éxtasis.

—No me equivoque con esta mujer—me dijo, confidente—.No me equivoqué. Cuando volví al camarote ella seguía de pie donde la había dejado. Con gratitud en los ojos, me dijo:

—¿Qué quieres que te haga?

—Espera mujer. Le he dicho a mi gente que mañana nos casamos, si tú quieres.

—Si ya me has comprado. Soy de tu propiedad. Puedes hacer conmigo lo que quieras—dijo con total certidumbre.

—Pero así no te quiero. Tú eres libre para hacer lo que quieras. Así que te pregunto: ¿Quieres casarte conmigo?

—¡Sí! ¡Sí!

Y se puso a danzar con tales contorsiones que su cuerpo vibraba como cuerdas de guitarra. Y se iba quitando los harapos que yo tiraba por la escotilla, hasta mostrar su limpia desnudez. La traté con toda la dulzura y pasión que aquella niña-mujer me hacía sentir. Ella se adentró con ímpetu gozoso, y con torpeza, en el juego amoroso que le hacía sentir cosas presentidas y no gozadas. Cinco gotas compitieron en color con el rojo clavel. Ni un solo lamento. Anudada a mi cuerpo, descubrió la sexualidad. Sus primeros placeres iban a la par que su risa cantarina. Sus lágrimas rodaron por mi pecho:

—Yo feliz, muy feliz—gritaba sin parar.

Oscurecía. La fiesta terminó. Se embarcaban hacia tierra como fardos de carne. Hacinados en la negrura repetían un monótono estribillo, que el contramaestre tradujo: “Ella sólo valer para blanquito. No para hombre negro”

Una noche me habló del armador. Un español, licenciado en Farmacia, que haciendo las prácticas de Alférez de complemento, fue sorprendido por la contienda española, en la que alcanzó el grado de coronel. En Melilla conoció a su bellísima mujer. Se enamoraron a primera vista. Ella, hija de un coronel del Estado Mayor, requerida por todos los jóvenes, sólo tuvo ojos para él. Empezaron un noviazgo rígido, con horas exactas de salida, según la estación, y de vuelta al oscurecer, medida válida para todo el año. Transcurrido el tiempo que requería un noviazgo formal, se casaron, fijando su residencia en Javea, donde el marido estaba destinado. Tuvieron dos hijos, muy pocos para los usos y costumbres de la época. Iban juntos a todas partes, sabiéndose envidiados (una bella mujer suele provocar ese sentimiento). Se jubiló como General a la edad de 60 años. Entonces se despertó en él una vieja pasión largamente escondida: la pesca. Había terminado la guerra de Biafra, y Nigeria mostraba junto a toda su miseria, su enorme potencial. Voló hasta Lagos, vía Madrid-Santa Cruz de Tenerife. Allí se dirigió al Consulado español, donde le recomendaron un despacho de abogados. Se asoció con el nigeriano que conseguía las licencias de pesca, y así se formalizó la sociedad Arawack.

—¿Cómo lo conociste?—pregunté, realmente interesado.

—A eso voy, mi joven marinero. En la Línea, con todos sus ahorros, pudo comprar un buen barco de 42 metros de eslora y todo el aparejo necesario para la pesca del langostino. Me contrató a mí, capitán de la mercante, por haber mandado barcos de pesca de altura. Dejó a mi cargo contratar la tripulación. Me dio el 10% de la sociedad como prima de fichaje, a más de un mínimo garantizado, con dos partes en el reparto de la pesca. El contrato, firmado por diez años renovable, consolidaba cada año un 1% de las acciones. Sin demora pusimos rumbo a Lagos, donde con nativos completé la tripulación. Desde el primer momento nos dedicamos a la pesca del langostino grande. Al cabo de siete años teníamos diez barcos faenando en el golfo de Guinea, en aguas nigerianas, bajo la modalidad de cedidos en explotación al régimen nigeriano. Mi jefe tuvo que quedarse en tierra, como dueño de la naviera, y cumplir el protocolo: relación, regalos, asistencia a los actos sociales, etc., mientras su socio nigeriano gestionaba la empresa. Se compró una casa inmensa, en una parcela cercada, a donde llevó a su mujer, que hasta ese momento vivía en un hotel de corte europeo. N’diwe, era el negro mayordomo / cocinero de su entera confianza, y el encargado del personal de servicio: chofer, vigilantes, limpieza, mantenimiento. Una vez vinieron sus hijos, con sus nietos. Una vez, tan solo.

Y así dio fin a su relato. Con un guiño cómplice me dijo:

—Con mi mujer tengo suficiente. Así que busca quien te saque por las noches cuando estemos en Lagos.

Al día siguiente, de mañana, José Vicente, el radio del barco, un especialista de la marina de guerra habilitado para navegar como oficial de radio en la marina mercante —todavía no había salido la primera promoción de oficiales de radio de las Escuelas Oficiales de Náutica— por el calor sofocante y la resaca de alcohol y de mujeres de la noche anterior, se lanzó al río a refrescarse. Se tenía por tan buen nadador que olvidó la norma de la más elemental prudencia, de llevar sujeto a la cintura un aro salvavidas. Entró en el agua y no salió. Se lo tragó el manglar. Con botes y barcazas le buscamos todo el día. Se le dio por perdido. Ahogado y devorado por escualos. Así figuraba en el libro de a bordo. Mas para la tripulación negra de la flota, y para toda la ciudad, aquello había ocurrido porque las Mami Wata del río estaban molestas por haber enrolado a K’Nomo, y pedían un sacrificio o, en caso contrario, no pararían las desgracias. Eran las diosas de las aguas de los bancos de pesca, a los que protegían del océano destructor. El capitán de capitanes lamentó la muerte del joven radio, informó a la compañía del accidente ocurrido, solicitó un nuevo radio y tomó la versión negra como real, pues eran muchos años de navegar por la zona.

—Te puedo jurar—me dijo—que las he visto emerger de los manglares en una plácida noche transparente. Sirenas con su cola de pez, bellísimas y jóvenes negras cuyas manos sostenían serpientes marinas.

—¿De verdad, gran capitán, has tenido esas visiones?—pregunté

—Lo haré por K’Nomo—siguió sin contestarme—.Aceptaré el ritual que la librará de la maligna magia negra y de los maleficios como el que hemos vivido. Y al barco le cambiaré el nombre. Se llamará Mami Wata.

Lo habló con el contramaestre. Éste bajo a tierra, y al poco estaba de vuelta con un hechicero ibo. El precio se ajustó en seis cajas de fletán, que se entregaron en ese momento. Al día siguiente llegó el nuevo radio. Con los certificados de pesca actualizados y todas las provisiones a bordo, se esperó al hechicero que venía en una barcaza, portando entre sus manos un gran cesto de mimbre con tapa. Subió a bordo y se dirigió a popa. Destapó el cesto. Su interior contenía la cabeza recién cortada de un joven negro, ya que no tenía signos de rigor mortis. Y empezó el macabro, criminal mejor diría, ritual. Descuartizó la cara, ojos, nariz, orejas, lengua, pómulos, labios, que junto con el cráneo arrojo al río. Unas pavorosas serpientes emergieron del mismo, y se lo tragaron antes de tocar el agua, sumergiéndose de nuevo. El sonido de un tan-tan lejano y el movimiento ondulante del agua al ser golpeada por grandes aletas dieron rango de prodigio a tan horrible creencia.

El armador citó en Lagos al gran capitán. Se puso proa a la mar, a los caladeros, mientras él se dirigía a las oficinas de la empresa. Me encargó que cuidara de K’Nomo. Desconfiaba de la tripulación. Tardó varios días en volver. A su regreso lo envolvía un aire de gloria. Nos reunió a todos en la toldilla:

—El armador me ha vendido la parte de la empresa. Ya están a mi nombre las acciones. Así, además del capitán, tenéis ante vosotros al hombre que os pagará de ahora en adelante.

Un aplauso cerrado dejó claro lo mucho que se le estimaba. A mí me dijo en un aparte:

—Además de las acciones me ha regalado su casa. Tan gran regalo no era necesario. Se lo hice saber. Me contestó: —A quién mejor que a ti que conoces el negocio y estás conmigo desde el principio. Esta empresa es tan tuya como mía. Me pagarás con los beneficios anuales. Le di las gracias con un fuerte abrazo emocionado. Me dijo con sabor de despedida: —Vuelvo a Javea, con mi mujer, donde fuimos tan felices. Me llevo a N’Diwe, el mayordomo, que ya sabes que lo tengo como a un hijo. Queremos disfrutar los días que nos quedan de vida con los hijos y los nietos. Nos cansa ya la vida bulliciosa.

Todo me lo contó con la emoción a flor de piel. Y siguió con sus planes de futuro:

—Ahora pasaré más tiempo en la ciudad. Llevaré a K’Nomo conmigo. La instalaré en la casa. Quiero que aprenda a comerciar por si a mí me pasara algo.

—Que te va a pasar, gran capitán, en la flor de la vida, si acabas de comprar una naviera, donde eres además el capitán de capitanes. Sin hablar de tu joven mujer….

—Podrías quedarte conmigo. Echar raíces. Hay para todos.

—No te digo que sí, porque me domina el deseo de ver otros puertos, de sentir otras culturas, y de olvidar al gran amor que me dejó una herida abierta.

—Yo también lo hice, pero recuerda siempre mi ofrecimiento.

Dos años después el gran capitán volvió por nuestro barco, del que ya era el patrón de pesca. Nos dimos un abrazo de amigos. Y ante una botella de buen ron, me contó:

—La empresa crece como la espuma al borde de la espuma. K’nomo vive en la casa dedicada a mi cuidado. Nos agobia el problema de los hijos. No queremos ternelos en África, porque aquí están muy mal vistos. Ella es joven. Más bien pronto que tarde quiero volver a España con K’Nomo. Allí tendremos y educaremos a nuestros hijos. Mientras tanto propuso traer a sus hermanos a la casa. Me pareció bien, pues así estaría acompañada cuando me embarcara.

Mi voz sonó con un deje de tristeza:

—Planes de vida y esperanza.

Meses después, entramos en Lagos para reparar una avería gruesa en la sala de máquinas. Me invitó a su casa. En coche atravesamos la ciudad por calles bacheadas con el alcantarillado en superficie. Llovía intensamente, como de todas direcciones, por lo que te mojabas al instante. Su casa era un palacio en medio de jardines, bien fortificada. K’Nomo estaba bellísima y muy bien vestida a la europea. Me presentó a sus hermanos. Eran una familia feliz. Tenían varios criados a los que llamaban “steward” dentro de la casa. Viví con ellos el tiempo de la reparación. Me enseñaron la ciudad, comimos en hoteles europeos, a menudo en el “Eko Hotel”, donde vivió el armador largo tiempo. K’Nomo me traía cada día una amiga de mi edad para que la hiciera feliz. La máquina se reparó, y con ello surgió la fecha de partir. La tarde anterior, en el café tras la comida, que con el ron tomábamos en una carpa del jardín, llegó lo inesperado. Una mamba negra que seguía el muro del jardín llegó hasta el frescor de la sombra, y quizás asustada por mi grito y por el ruido que hice al levantarme, se enderezó y mordió la pierna del capitán de capitanes. Su grito de dolor, todavía lo sigo oyendo, fue una continuación a mi grito de aviso. Un machetazo acabó con la vida del ofidio. El mal ya estaba en marcha imparable. Un hermano de K’Nomo salió tras un negro que portaba un cesto con tapa. Lo pudo atrapar y lo trajo a la casa. K’Nomo con un machete había sangrado la mordedura y succionaba con todas sus fuerzas. Interrogado el negro capturado habló sin miedo, y sus palabras produjeron una reacción fulminante: K’Nomo cogió el machete con ambas manos y descargó tales golpes en el cuello que le seccionó la cabeza del tronco. Los hermanos tiraron los despojos a la calle para pasto de alimañas.

Me dijo llorando:

—Era hermano del que mató el hechicero para contentar a las Mami Wata. El brujo de su tribu le dijo que para librar a la aldea de los males que la podrían asolar tenían que morir el blanco que pagó el ritual del sacrifico y su jefe blanco.

El capitán de capitanes balbuceó en mi oído:

—¡Cuida de ella! ¡Promételo! El testamento está en mi despacho.

—Te lo prometo, mi gran capitán—le respondí llorando.

Así murió mi amigo, el capitán de capitanes. Su joven negra esposa lo regaba con sus lágrimas con grito contenido.

Su entierro fue multitudinario. Toda la flota acudió al sepelio, así como numerosa representación oficial y toda la tribu de ella, que la recogía como viuda y única heredera, según el testamento leído a finalizar el sepelio. La joven negra que no se sometió a la costumbre ancestral de la ablación era ahora una viuda muy bella y muy rica. Estuve un año con ella, fiel a la promesa que le había hecho a mi gran capitán. Le ayudé a montar el negocio que quiso. Unos almacenes donde se cosería ropa para vender en las tiendas, en el mercado, además de puerta en puerta. En las tiendas también se vendían productos europeos, originales, sin falsificaciones, los más sin pagar impuestos de aduana. Y todo bajo un nombre: Mami Wata. Solo imponía una condición que ella misma se encargaba de revisar: Ninguna de las chicas que trabajaran con ella estarían mutiladas. Decía que así hacía algo por abolir tan ancestral costumbre.

—Si consigo que mi tribu acepte que la mujer tiene futuro si no se les practica la ablación, pueden dejar que sean los padres quienes decidan, y a ellos lo que de verdad les importa es aumentar sus propiedades. Y si después, otras mujeres, de otras tribus, hicieran lo mismo, esto sería imparable.

—Es tan bello ese sueño que merece convertirse en realidad.

—Quédate, Matías. Podemos compartir vida, sueños y riquezas.

—Gracias—repuse—, pero no nos engañemos. Mi herida jamás cicatrizará y la tuya tampoco.

Me enrolé en un bulk-carrier que descargó mineral en Lagos y marchaba con abono a Río de Janeiro, donde cargaría maíz.

Años después, en España, los medios de comunicación dieron la macabra noticia: En Javea, una pareja de ancianos muere a consecuencia de los treinta y dos machetazos que les propino su fiel mayordomo al volver de sus vacaciones en Nigeria.

NIGERIA

Ah, mi tierra negra, de negras pieles.

Cómo podré vivir si te abandono,

al igual que se alejan

el verde de tus árboles

y el de tu mares, cuando muere el día.

Día que con su luz alumbra siempre

el camino de mi huida.

Ah, gente toda igual de mi Nigeria, ¡niña mía! Siento

añoranza, saudade de ti tengo

para que seas por entero mía.

Anhelo con el alma todo lo que tuve.

Rojos atardeceres

¡tan bellos y fugaces!

que se van con las sombras que preludian una hermosa alborada.

A Juan, por su imaginación.

A Inmaculada, por sus aportaciones.

A María, por su poema.

* * *

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