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Junco Rubia

foto Junco Rubia

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El junco es posiblemente una de las embarcaciones a vela más antiguas que se conocen, ya que su aparición se documenta en el año 600 a. C. y todavía está en uso en muchas partes del sudeste asiático.

El casco posee una popa corta y carece de quilla. Fueron los buques característicos del mar de la China y tanto Gengis Kan como Kublai Kan los emplearon en sus intentos de conquistar el Japón. Se empleó tanto para la guerra como para el comercio. En el siglo IX d.C. los juncos chinos transportaban mercancías a Indonesia y a la India.

Sus velas son de tela gruesa unidas con juncos, lo que le daba mucha estabilidad y gran empuje. El timón era extraíble y más alto que en los barcos comunes, lo cual le permitía navegar en aguas poco profundas.


 

Llegué a Barcelona en octubre del 65 para iniciar los esperados estudios en la Escuela Oficial de Náutica de la ciudad. El viaje desde el cálido sureste fue de veinte horas, con transbordo de madrugada en Chinchilla, donde el frío cortaba el aliento. La Estación de Francia, vieja conocida por mi periplo europeo, me acogió con un olor a mar que inhalé hasta dolerme los pulmones. Dejé el escaso equipaje en consigna y di un largo paseo por el puerto hasta la plaza del navegante por antonomasia, que encaramado en un alto monolito señalaba con su brazo extendido el ocaso del sol. A la vera de la plaza estaban las populares “golondrinas” que daban incesantes paseos por el puerto llevando a bordo a los que más tarde contarían a sus nietos la aventura marítima vivida. Junto a ellas vi amarrada la réplica de la Santa María, que me pareció un minúsculo cascarón, lo que agrandó a mis ojos la navegación oceánica a vela. Y al lado de la nave capitana, atracada de costado, lucía su alta popa una nave china, un junco con un nombre tan poco chino como el de Rubia.

La entrada valía para los dos. Subí a bordo del junco con ensueño de próximas singladuras por esos mares de Dios. El interior era de una austeridad aterradora. Exigía un fuerte carácter aventurero, un algo de locura, hacerse a la mar océana en tan precario bajel. Y de eso tuvieron que saber mucho los que la hicieron.

De los mares de China (Hong Kong) al Mediterráneo (Barcelona) pasando por el Mar Rojo.

El portugalujo Josetxu Tey, joven empresario residente en Barcelona, concibió la aventura, y embarcó en la misma a unos amigos que no sabían nada de mar. Para ello se matriculó en la Escuela de Náutica de la ciudad y obtuvo el título de capitán de yate. Cuenta el promotor y aventurero Oriol Regás, que se embarcó en tan atrevido proyecto al ver que en la mesa de al lado, en el bar Windsor de la Diagonal, se planificaba con cartas de navegación una aventura desde el Oriente, liderada por un recién titulado capitán de yate y unos jóvenes que no sabían ni nadar. Una juvenil aventura sufragada por ellos mismos, promotores y empresarios de fortuna. El coste calculado fue de dos millones de pesetas, de los cuales uno era el precio del barco chino y el otro para los gastos de la navegación. Encargaron la construcción del junco a imagen de los del siglo XV, que fue bautizado por su novel capitán como Rubia, en honor a su novia de rubios cabellos con la que se casaría poco después. La aventura del Rubia empezó el 17 de enero de 1959 en Hong Kong, y finalizó el 9 de septiembre del mismo año al arribar a Barcelona con sus siete tripulantes a bordo. Atrás quedaban temporales, bajíos del Mar Rojo, barcos hundidos, negociaciones con los nativos allá donde recalaban para aprovisionarse. Y siguió el homenaje que le rindieron las instituciones oficiales, salvas, medallas, aplausos, de aquella ciudad que vivía de espaldas a la mar.

El Rubia, nacido para la aventura real, fue actor necesario para la acción filmada, y tuvo que hacerse a la mar en el verano del sesenta y siete para participar en Denia del rodaje de Krakatoa. Al este de Java.

Y tras sus años de gloria le llegó el abandono, amarrado de popa en el 75 al pie de la torre de San Sebastián, en el Varadero. No interesaba a nadie, ni al museo de la Atarazanas, por lo que se iba lentamente hundiendo en las negras aguas del puerto. Un día, un feliz día, fue liberado de su lenta agonía y convertido en pecio de mar barcelonés.

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