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La Comunidad Autónoma de Andalucia está situada al sur de la península Ibérica. Limita al norte con las comunidades autónomas de Extremadura y Castilla-La Mancha, al sur con el océano Atlántico, el mar Mediterráneo y Gibraltar, al este con la Región de Murcia y al oeste con Portugal. Tiene una extensión de 87.268 km², lo que la convierte en la segunda comunidad autónoma más extensa, tras Castilla y León, y es la más poblada de España, con 8.388.107 habitantes y una densidad de población de 96.11 hab/km². Debido a su gran extensión, participa de las tres grandes unidades morfoestructurales del mediodía peninsular: sierra Morena al N., depresión del Guadalquivir o Bética en el centro -verdadero eje vital de Andalucía- y cordilleras Béticas al S.

La sede de la Junta de Andalucía está en Sevilla, capital y ciudad más poblada de la comunidad autónoma, mientras que la sede del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía se encuentra en la ciudad de Granada.

La historia de Andalucía es el resultado de un complejo proceso en el que se fusionan a lo largo del tiempo diferentes pueblos y culturas, así como diversas realidades socioeconómicas y políticas. Su situación geográfica hizo que fuera foco de atención de otras civilizaciones desde la Edad de los Metales. Pueblos como el íbero, el fenicio, el cartaginés, el romano, el bizantino, el andalusí o el castellano han dejado su huella, en su fusión, en las tierras andaluzas a lo largo del tiempo.

Andalucía, como ente histórico-geográfico, comienza a ser considerada con las conquistas militares de Fernando III y Alfonso X en el siglo XIII y la agrupación en una sola autoridad  de los reinos de Córdoba, Sevilla, Jaén, Niebla y otros, para, posteriormente, vencido el Emirato Nazarí de Granada en el siglo XV, y utilizando un concepto más moderno, integrarse en el nuevo estado español de los Reyes Católicos. Adquirió sus dimensiones actuales con la división territorial de España de 1833 y tras su constitución como comunidad autónoma de España.

Se incorporó al Imperio (-218, Publio Cornelio Escipión, hijo), tras su conquista y paulatina romanización, creándose la provincia de la Bética, subdivisión de una primitiva provincia que data de la primera fase de la presencia romana llamada Hispania Ulterior. Con Augusto se convirtió en provincia senatorial, centrada su capital en Corduba, cuya próspera economía, con intenso comercio con Roma, se basaba sobre todo en los productos mineros, salazón, vino y aceite. Debido a tales contactos el cristianismo llegó pronto a Andalucía: el concilio de Iliberis (Elvira, Granada), celebrado entre los años 300 y 314, fue la primera asamblea en que se legisló sobre la Iglesia de España. Por su población y variados recursos, tuvo gran importancia económica y política en esta época, a la que aportó figuras sobresalientes como los emperadores Trajano y Adriano.

Dividido el imperio romano y producidas la invasiones germánicas, en la Bética, que era una de las provincias más romanizadas y ricas de Hispania, se estableció una exigua minoría visigoda que desempeñó las funciones de gobierno sobre la población hispanorromana, no sin encontrar oposición en ésta en las luchas frecuentes durante la ocupación del territorio por los ejércitos bizantinos. Ya a finales del siglo VI y principios del VII, Andalucía, bajo el impulso de los hermanos San Leandro y San Isidoro, se convirtió en el único núcleo cultural de importancia de la cristiandad latina, así como un importante foco de actividad comercial, frecuentada por mercaderes sirios, judíos y griegos que afluían a Sevilla, Córdoba y Málaga.

En el 711, se produjo una importante ruptura cultural con la conquista musulmana de la península ibérica. Los árabes se establecieron en las mejores tierras (campiñas de Sevilla, Córdoba, Elvira) y los bereberes fijaron su residencia en las comarcas más abruptas. El campo andaluz fue sometido a un intenso proceso de explotación, que no obstaculizó la formación de grandes latifundios en manos de la nobleza árabe. Se cultivaron plantas industriales en el Genil (lino) y en el Bajo Guadalquivir (algodón), y en Granada floreció la industria sedera. Se explotó el hierro en Constantina y Huelva, el plomo en Cabra, el cobre en Huelva. En las ciudades prosperaron la artesanía y el comercio y se formaron grandes urbes, las mayores de Europa en el s. X: Córdoba (100.000 hab.), Almería (30.000), Granada (26.000), Málaga (20.000).

El territorio andaluz fue el principal centro político de los distintos estados musulmanes de Al-Ándalus, siendo Córdoba la capital (primero del valiato, después del emirato y más tarde del califato) y uno de los principales centros culturales y económicos del mundo por aquel entonces. Este período de florecimiento culminó con el Califato Omeya de Córdoba, donde destacaron figuras como Abderramán III o Alhakén II. Ya en el siglo X se produjo un período de grave crisis que fue aprovechado por los reinos cristianos del norte peninsular para avanzar en sus conquistas y por los distintos imperios norteafricanos  -Almorávides y Almohades- que sucesivamente ejercieron su influencia en Al-Ándalus y también establecieron sus centros de poder en la península en Granada y Sevilla, respectivamente; tales luchas internas provocaron la desintegración del califato en los llamados reinas de taifas. En esta época y en adelante, el Reino nazarí de Granada tuvo un papel histórico y emblemático fundamental.

La Corona de Castilla, a partir del reinado de Alfonso VIII (1157-1214), fue conquistando paulatinamente los territorios del sur peninsular. Fernando III personalizó la toma de todo el valle del Guadalquivir en el siglo XIII, consolidada por su hijo Alfonso X, después de vencer y superar varias revueltas, con la definitiva conquista del reino de Niebla (1262).  El territorio andaluz quedó dividido en una parte cristiana y otra musulmana que a pesar de esporádicos enfrentamientos fueron conviviendo hasta que en 1492 -empleando un término cada vez menos aceptado por los historiadores- la Reconquista de la Península finalizó con la toma de Granada y la desaparición del reino homónimo.
Merece especial mención cómo fueron la repoblación, el reparto de tierras y la organización político-administrativa de Andalucía en las etapas de Fernando III y Alfonso X, pues su incidencia fue grande en los siglos posteriores. En los lugares donde se establecieron concejos reales la propiedad del suelo se distribuyó generalmente en cuatro partes: una para funcionarios reales, otra para la iglesia, una tercera para los magnates y la última para el concejo, que estaba formado por peones, caballeros de linaje y simples caballeros. La repoblación de las zonas cedidas a las Órdenes militares que colaboraron en las campañas (Calatrava y Santiago, y el arzobispo de Toledo) se hizo de modo mucho más lento y menos equitativo, predominando el latifundio sobre la base de un régimen de gran propiedad heredado del periodo musulmán, especialmente en el NE. (Jaén) y en la parte más occidental de Andalucía (Huelva). Las comarcas sevillana y cordobesa, organizadas como concejos reales en términos bastante extensos, fueron objeto de repartimientos más equitativos aunque, si bien la sevillana fue repoblada en su casi totalidad, en la cordobesa no pudo realizarse una extensa repoblación porque muchos musulmanes quedaron asentados en el territorio y no huyeron (o se trasladaron) hacia el reino de Granada, como así ocurrió con más de 300.000 que contribuyeron a la supervivencia del reino granadino durante dos siglos, junto con la tolerancia de la monarquía castellana que se servía de él como intermediario, a través del pago de las parias o tributos de vasallaje, respecto al oro africano procedente de Marruecos y Tremecén (NO. de Argelia).

Unificado el territorio andaluz con la conquista de Granada y, sobre todo, aplacada la rebelión de Las Alpujarras de 1499 con la expulsión o bautismo de todos los musulmanes, pareciese que imperaba la estabilidad pero no fue así: durante más de medio siglo las medidas represivas se fueron endureciendo. La Inquisición empezó a actuar en 1526. Durante los años cincuenta se les prohibió la exportación de sedas y una mayor tributación. Un decreto de Felipe II restringiendo sus libertades (prohibición de lengua, costumbres y vestido tradicional) fue la señal de la segunda rebelión de Las Alpujarras (1568-70). Los moriscos fueron obligados a dispersarse por toda Castilla, aunque por encima de 100.000 permanecieron en Andalucía, y la zona fue repoblada por más de 50.000 colonos de Galicia, Asturias y León. El proceso finalizó con la definitiva expulsión de 1609, ordenada por el gobierno del Duque de Lerma, valido de Felipe III.

Tras la llegada de Cristóbal Colón a América, Andalucía tuvo un papel fundamental en su descubrimiento y colonización. Explotó su posición geográfica en el siglo XVI, al centralizar el comercio con el Nuevo Mundo a través de la Casa de Contratación de Indias, con sede primero en Sevilla, que llegó a ser la ciudad más poblada del Imperio español, y dos siglos más tarde en Cádiz hasta su desaparición en ese mismo siglo.

El cambio experimentado por España en el siglo XVIII no se da con la misma intensidad en Andalucía, donde el peso e influencia de la potente oligarquía rural (caciques) impide el acceso a la propiedad de la tierra y el desarrollo de los menos favorecidos. Pese a tener conciencia de los problemas agrarios, los ilustrados que gobernaron durante el reinado de Carlos III poco pudieron hacer: ineficaces repartos de “tierras de propios” reservadas a la Mesta por la corrupción burocrática y la oposición de las oligarquías. Pablo de Olavide, Superintendente de las Nuevas Poblaciones de Andalucía, planeó la colonización de regiones desiertas del patrimonio real y se crearon pueblos y aldeas de nueva planta que se poblaron con emigrantes católicos alemanes, franceses y catalanes. Floridablanca abordó, por otro lado, la creación de montepíos para proporcionar crédito a los pequeños propietarios, aunque sus medidas tuvieron poca efectividad, salvo en algunas zonas de Málaga. Por contra, un hecho importante en la esfera económica fue la abolición del monopolio colonial que ostentaba Cádiz (1778).

Como consecuencia de la capitalización obtenida por el éxito de la incipiente industria de la región: manufacturas laneras en Jaén, y sederas en Granada y Sevilla, con la sombrerería cordobesa; los arsenales de Cádiz y la siderurgia de Sevilla, entre otras, el peso de la industria andaluza tuvo un importante influjo en la economía española durante el siglo XIX, acudiendo a la región ingentes capitales que fueron invertidos en nuevas siderurgias (Marbella y Cazalla de la Sierra), construcción naval e industrias de transformación agraria, a lo que no fue ajeno la construcción de las partes más importantes de la red ferroviaria.

Sin embargo, la entrada en el s. XX se produce en Andalucía con un gran desequilibrio social: enormes latifundios en manos de terratenientes frente a infrahumanas condiciones de vida de los campesinos, lo que genera deseos de redención social, movimientos revolucionarios y huelgas y luchas sociales cada vez más violentas, iniciándose un proceso ininterrumpido que, después de la I Guerra Mundial, mereció el ser bautizado de “espartaquismo andaluz”. Los tímidos intentos de reforma agraria de la II República propiciaron todavía un desencanto y descontento mayor, ante la cual los campesinos expresaron una clara protesta, patente en los trágicos sucesos de Casas Viejas. Finalizada la guerra civil española se intensificó la emigración a los núcleos industriales de España, principalmente a Cataluña y el País Vasco, y luego también a países europeos como Alemania y Suiza.

En 1981 se constituyó en comunidad autónoma, según lo dispuesto en el artículo segundo de la Constitución Española de 1978, que reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones españolas. El proceso de autonomía política se cursó a través del procedimiento restrictivo expresado en el artículo 151 de la Constitución, lo que hace de Andalucía la única comunidad española que accedió a la autonomía a través de dicho procedimiento.

El relieve de la costa andaluza muestra un claro predominio de playas y costas bajas en el litoral atlántico; en cambio, el litoral mediterráneo posee una gran cantidad de acantilados, sobre todo en la Axarquía malagueña, Granada y Almería. El pico más alto de la comunidad autónoma (y de la península ibérica, siendo el segundo de España tras el Teide, con 3.718 m) es el Mulhacén, con 3.478,6 m, que forma parte del parque nacional de Sierra Nevada, en la provincia de Granada.

El clima es de tipo mediterráneo en general, aunque existe una gran diversidad de tipos climáticos en las diferentes zonas de la comunidad autónoma que proporcionan una gran riqueza y contrastes paisajísticos. El punto más lluvioso es la Sierra de Grazalema y el menos lluvioso de Europa continental está en el Cabo de Gata, provincia de Almería. En esta provincia también se encuentra el desierto de Tabernas, el único desierto de Europa. Las temperaturas son muy suaves, con una media anual superior a 16º C, siendo en el Valle del Guadalquivir la zona en la que se registran las temperaturas más altas de España, de la península y de Europa y las sierras de Granada y Jaén las que registran las temperaturas más bajas de todo el sur de la península Ibérica.
Andalucía está compuesta por las provincias de Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Huelva, Jaén, Málaga y Sevilla. Se divide, a su vez, en  776 municipios, 103 en Almería, 44 en Cádiz, 75 en Córdoba, 172 en Granada, 79 en Huelva, 97 en Jaén, 103 en Málaga y 105 en Sevilla, que se agrupan en 62 comarcas.

tabla provincias Andalucía

El 5,35% de la población andaluza es de nacionalidad extranjera, predominando las nacionalidades marroquí y la británica. Además, la provincia de Almería es la tercera de España con mayor porcentaje de población extranjera.   Demográficamente el colectivo marroquí ha aportado un número importante de población activa al mercado de trabajo andaluz. En la actualidad, está comenzando a producirse un rejuvenecimiento de la población que es apreciable en el ligero repunte de la natalidad, fruto en su mayoría de los alumbramientos de inmigrantes.

 

Estatuto de autonomía y los poderes de Andalucía

Aprobado en diciembre de 2006, cuenta con 250 artículos cuya minuciosidad se traduce en la enumeración de los derechos y deberes de los andaluces, que en el anterior Estatuto de 1981 descansaba en una referencia a los que establece la Constitución española, así como en una amplia descripción de las competencias en manos de la comunidad.

En el articulado del estatuto autonómico se le otorga la condición de nacionalidad histórica. En el anterior estatuto, el Estatuto de Autonomía de 1981 o Estatuto de Carmona, era definida como nacionalidad.

El poder legislativo lo encarna el Parlamento Andaluz, mientras que el poder ejecutivo descansa sobre el Consejo de Gobierno.

tabla instituciones comunidad Andalucía

 

 

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